La montaña de los signos. Antonin Artaud en el Teatro Tierra

Foto Teatro Tierra
Foto Teatro Tierra

El Teatro Tierra presentó en Bogotá La montaña de los signos, una obra escrita y dirigida por Juan Carlos Moyano que nos aproxima a la experiencia del poeta Antonin Artaud entre los indígenas tarahumara de México. 

Artaud es “el hombre extremo”, así lo nombra el dramaturgo Juan Carlos Moyano en La montaña de los signos, y también es el poeta en rebelión contra los formalismos, las simulaciones y la burocratización del arte. Moyano en La montaña de los signos rememora el difícil ascenso de Artaud a la sierra mexicana, y para ello lleva al teatro las rocas desmesuradas del viaje de Artaud entre los tarahumaras. El escenario es una montaña rocosa donde Moyano revive el ascenso de Artaud entre los signos reveladores de la sierra. Rocas que le hablan al poeta a través de sus vibraciones y rastros, mientras el fatigado Artaud espera de la mano del peyote, -el Hombre no nacido según el poeta y que está al otro lado de las cosas-, un punto de apoyo para su conciencia: ese punto de apoyo lo busca en los principios, es decir, en lo que la cultura de Occidente llama los dioses.

 

El mayor miedo del mundo primitivo es la pérdida del alma, esta pérdida significa para las culturas de origen la llegada de la enfermedad y la muerte. Este miedo se transformó con el tiempo en miedo a la pérdida de la conciencia, pero no a la conciencia de la razón sino a esa otra versión de conciencia compleja, no separada de la naturaleza, tal como era concebida en el mundo antiguo. La conciencia como absoluto de las comunidades originarias resultó secuestrada en los últimos tiempos por la razón, con lo que dejó de existir en la sociedad moderna en donde predominan la conciencia instrumental y el principio del orden.

 

La vida del poeta Antonin Artaud es la lucha persistente por evitar esta pérdida, es un reclamo a la razón y a la civilización occidental por abrir este abismo en la realidad, por el rapto del alma que significa la razón  sin rostro y la conciencia segregada, abstraída del mundo natural. Entre los tarahumaras, en medio de la danza del peyote, Artaud creyó ver el punto exacto “en el que el inconsciente universal está enfermo”, y así se registra en el libro Los tarahumara, una compilación de escritos de Artaud en México hecha por el poeta guatemalteco Luis Cardoza y Aragón.

 

Artaud buscaba en la danza curativa del peyote resolver su propia escisión y al mismo tiempo sanar la gran fractura de la conciencia universal que es el extrañamiento que sufre el ser humano disociado de su entorno, el abismo humano que significa la cultura de nuestro tiempo, si consideramos a Artaud nuestro contemporáneo. El poeta advierte la propia fisura y la de su entorno, como en los reflejos de un múltiple yo que reproduce su ausencia de lugar en la cultura.

 

La piedra es un principio, como lo son todos los elementos, pero también lo es la cultura, de allí que Artaud viera en el mundo de los tarahumara una raza principio sobre la que se sustenta un orden conciliado con la naturaleza, y los tarahumara como conciencia misma de la naturaleza en donde el hombre de la sierra, descuidado de sí mismo y de su propio cuerpo, pero atento a la voz de los elementos, expresa plenamente la naturaleza, con sus signos, con su sierra llena de señales y sus rocas que le hablan al oído.

 

En todos los elementos hay signos que Artaud lee detenidamente, pero el poeta no busca en las culturas antiguas los principios arquetípicos como los buscan Jung y los investigadores de la psicología, lo buscado por Artaud es tan dramático como la desmesurada conciencia de su vacío y su propia fractura mental: lo buscado por Artaud es la cura para su conciencia separada, para su no lugar, pero a la vez busca los elementos de sanación de la civilización de Occidente. Ya había auscultado, delirante y exhaustivo, en las sociedades muertas lo que ahora busca en las vivas comunidades de México que conservaban, no se sabe cómo,  los vestigios de la cultura antigua.

 

Moyano nos presenta a Artaud en la La montaña de los signos, unas veces como un Sísifo transportando la roca hasta la cima de la sierra y otras veces como un Orfeo en descenso al inframundo dilatado del abismo de su pérdida. Las moles graníticas le hablan a Artaud, quien ya está lejos del surrealismo, al que ve ahora como el juego inane de un grupo de “charlatanes impotentes”. Estas piedras dicen más, sus signos no son los de la vieja y embustera historia de “la máquina de coser y el paraguas sobre la mesa de disección” que hacían disentir también a Carpentier de los juegos formales y artificiosos  de algunos surrealistas, para exponer con claridad un mundo otro, el mundo real maravilloso en la experiencia americana. Es precisamente esa condición de realidad, de la conciencia sustentada en los principios, en la naturaleza, lo que reclama Artaud para la poesía y lo que busca entre los mexicanos de la sierra. “En todas las tinieblas con que se envuelve la poesía y el lenguaje moderno, hay muchas menos ideas que en todo aquello”, dice Artaud refiriéndose a sus reflexiones del viaje.

 

Ese ir como Sísifo a ponerle los grilletes a la muerte, aunque el castigo sea la locura o el cargar la roca eternamente hasta la cima; ese ejercicio fatigoso, esa puesta en abismo de la conciencia, es lo expuesto por Juan Carlos Moyano en la obra sobre Artaud y su viaje a México. La montaña de los signos expresa la caída del espíritu en los delirios y tribulaciones propias de la figura del poeta Artaud quien ya había indagado en Heliogábalo el carácter sagrado del espíritu “pegado a los principios” y su caída en el mundo orgánico. En la sierra de México ve las “partículas de nuestro yo pasado o futuro que andan errantes en la naturaleza, en donde leyes universales muy precisas trabajan por componerlas.” La recomposición de los fragmentos y partículas del espíritu quebrantado es su ejercicio en el teatro y la escritura; más allá de la necesaria revolución social, Artaud plantea la necesidad de la revolución de la conciencia, lo que significa para el poeta una revolución de la vida misma.

 

En el principio están los elementos, el calor de la piedra que no acoge. Las piedras son la memoria de un pasado anterior al hombre, y aún más allá, antes de la tierra. Digamos que Artaud era una piedra, una piedra doliente entre las piedras, tal como lo vemos en su viaje que representa el teatro de Moyano. Allí las protagonistas son las piedras, los elementos, los principios, como en buena parte del teatro de Moyano. Así representa también el dramaturgo colombiano La vorágine en donde la madera es la selva y es a la vez todos los elementos de la selva, la balsa y el río, el trueno y el potro. Observando a Artaud, Moyano indaga en los principios y los elementos para expresar una visión individual y una experiencia de los desajustes de la cultura.

 

Artaud ya había indagado en las piedras sirias llevado de la mano por los rastros antiguos de la historia de Heliogábalo, antes de ir a conocer las grandes formaciones de sílice del antiguo México. Como los filósofos presocráticos que traducían y condensaban en cuatro elementos los principios, Artaud busca en las piedras y en los orígenes de las civilizaciones antiguas. Esas culturas antiguas deudoras del culto de la Diosa Blanca, tal como describe Robert Graves el culto de los principios femeninos del agua y de la luna, siguen raptando la intuición de los poetas. Desde la antigüedad se nos dice que los dioses son el agua y los demás elementos, y los otros dioses sólidos y minerales que son también los principios y que son signos en la misma búsqueda de Artaud: el principio de la vida, porque ya había recorrido todos los rituales de la muerte dentro de  su propio ser, precisamente buscaba algo más perdurable que la muerte entre las piedras tarahumaras. Allí, sobre los monolitos planetarios encontró una comunidad humana abrigada por el calor de las piedras como antes había buscado algo de calor y sentido en las piedras de Siria, en esos pequeños fragmentos de la vida cósmica que guarda la arena de Oriente y que hacían parte de la ritualidad de Heliogábalo.

 

En las piedras sobre las que se levantan las culturas antiguas buscaba Artaud la resolución de las grandes fracturas. Y esa osamenta milenaria que son las piedras sirven a Moyano para describir y ensayar sobre el abismo universal, o mejor será llamarlo como Artuad, “el ombligo del limbo”. “Para Artaud, -dice Moyano en su ensayo sobre el poeta-, la literatura requería una comunicación abierta con la conciencia y el inconsciente y con la supra-conciencia manifiesta en las señales del devenir cósmico de los dioses, en las estrellas, las plantas, los animales, los seres elementales, las piedras, los fantasmas y, todo esto, en la gracia del lenguaje, mediante la materia del verbo, el silencio original, el magma de la poesía.”

 

Que Artaud buscara entre las pequeñas piedras sirias y las desmesuradas piedras tarahumaras los  principios de la primera conciencia, y que a la vez buscara su propio tratamiento en la danza del peyote, lo que nos dice es que la locura de Artaud no es la locura individual. Artaud no es el loco municipal que escribe poemas, lo que nos dice Artaud es tan profundo que sus abismos se dilatan en el entorno de la cultura y el tiempo. De allí que buscara en las culturas de Heliogábalo y de los tarahumara los rastros de la pérdida del espíritu. En esas culturas hijas de los elementos y los principios Artaud busca la cura por los orígenes.

 

Y qué son “los principios” para Artaud. Es la misma preocupación de los filósofos de todos los tiempos: la confusión, la ruptura de los símbolos, la pérdida de los fragmentos esenciales, la muerte del signo, en fin, “ruptura entre las palabras y las cosas”. El espíritu para Artaud, no son los fantasmas de los libros ni el conocimiento erudito, el espíritu está presente en las cosas: “Todas nuestras ideas sobre la vida, -nos dice Artaud-, deben retomarse en una época en la que ya nada adhiere a la vida. Y esta penosa escisión es la causa de que las cosas se venguen, y de que la poesía ya no esté entre nosotros y de que ya no encontremos apoyo más que en el costado malo de las cosas; y jamás hemos visto tantos crímenes, cuya singularidad solo se explica mediante nuestra impotencia”.

 

Las culturas confundieron las imágenes elaboradas por el hombre con los principios, desde entonces los dioses cayeron en el antropomorfismo y dejaron de ser vistos, los despojamos de los elementos, “lo absoluto es una abstracción, y la abstracción requiere una fuerza que es contraria a nuestro estado de hombres degenerados,” nos dice finalmente el poeta Artaud.

 

La montaña de los signos es parte de esa búsqueda de Moyano entre los elementos, y los principios ocultados que están en toda su obra. Si se aproxima a Artaud y su “fuerza analógica”, es para buscar el pulso humano que respira al ritmo de la naturaleza y es en ese ritmo entrecortado en donde se devela la crisis del pensamiento analítico que divide y fragmenta. La montaña es la recomposición del  símbolo, el esfuerzo que hace el arte por juntar las partes resquebrajadas del espíritu de nuestros días.

Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterEmail this to someone
(Visited 125 times, 1 visits today)

Comentarios

Agregue un comentario

Su dirección de correo no se hará público. Los campos requeridos están marcados *