República, imperio, e imperio cinematográfico

Juarez

 

Fernando Cruz Quintana

@fer_cquintana

El cine de corte histórico, normalmente asociado a las superproducciones debido a la dificultad que supone recrear el pasado de alguna nación, ha sido, es y continuará siendo uno de los temas preferidos de la cinematografía mundial. Si bien no existe duda alguna sobre la predilección de la pantalla grande a la hora registrar la historia (la cinematografía es, en estricto sentido, la evocación de un tiempo pretérito), sí existen distintos enfoques que podrían clasificar al séptimo arte en documental y ficcional, y a este último en obras originales y adaptadas. Las películas que rehacen la trayectoria de los países, por más fieles que pretendan ser, deben entenderse como libres interpretaciones a medio paso entre la creatividad autoral y lo que en efecto sucedió.

La historia nos ofrece un complejo entramado de temas y personajes que no siempre resisten a la tentación de ser interpretados y moldeados en los filmes. Por ser una adaptación de la historia de México hecha en los Estados Unidos, un caso curioso resulta la película Juárez (1939) de William Dieterle, producida por la Warner Bros.

Armoniosamente ambientada en el México de fines del XIX, Juárez aborda el problema del choque de una república con la instauración de un imperio. El título del filme es corto, pues omite olímpicamente a Maximiliano y Carlota, personajes protagonistas en nuestra historia y en la película misma; sin embargo, la razón se intuye cuando de manera implícita y explícita se sugiere y observa a un Juárez simpatizante y en contacto —vía correspondencia— con Abraham Lincoln, presidente de los Estados Unidos, “país defensor de la democracia y la libertad de las naciones”.

Aunque la película es la reinterpretación de un hecho histórico verdadero, se constituye más bien como una interpretación propia de la novela The Phantom Crown, cuyo tema central es el mismo segundo imperio mexicano. Existe, por tanto, un doble juego modificador: de lo realmente sucedido en la novela y la versión de ésta al cine.

En medio de intensos combates e intentos fallidos de acercamiento por parte de los espurios emperadores europeos —presentados como víctimas de Napoleón III— con el presidente mexicano, la película muestra cómo Juárez y Maximiliano intentan gobernar a México desde una república y una monarquía, respectivamente. El desenlace es por todos bien sabido y cabalmente convertido en melodrama con ayuda de elementos de sensiblería nacional, como la canción “La paloma”, que era del gusto de la emperatriz.

Las curiosidades del filme no son pocas y se evidencian apenas uno reconoce en los actores a los héroes que nos dieron patria. Benito Juárez, por ejemplo, representado por Paul Muni —actor austriaco criado en Chicago—, usa un peluquín al estilo Herman Monster y parece aclarar toda duda en torno al origen de la famosa frase “le hace lo que el viento a Juárez”: en ninguna parte de la película se le verá agitado y con el cabello desalineado. A John Garfield corresponde el papel de Porfirio Díaz en sus años mozos y la etapa como general al servicio de la república Juarista. Memorable —por fantasiosa— es una escena en donde Díaz, prisionero del imperio, come un elote y recibe la visita de Maximiliano, quien le propone que arregle un cese al conflicto para instaurar un Imperio con el mismo Habsburgo al frente y Benito Juárez como su primer ministro. Finalmente, personificando a los emperadores están Brian Aherne, como Maximiliano, y la mismísima Bette Davids en el papel de Carlota.

Lejos de decir si la obra interpreta fielmente o no la historia de nuestro país, el filme tiene un notable valor cinematográfico al integrar de manera audaz un drama de la vida real en dos horas de duración. La trama alcanza tintes de tragedia al mostrar a unos emperadores quienes, comprometidos por un país al que realmente quisieron y el cual significó su acabose, quizá merecieron mejor suerte en el severo juicio del destino.

Algunos años después de su estreno, Juaréz le supondría a la Warner una demanda por parte Miguel Contreras Torres, director mexicano quien antes filamara Juárez y Maximiliano (1933), La paloma (1937) y The mad Empress (1939), las tres sobre el mismo tema, y que obviamente funcionaran como argumento de defensa contra plagio. La disputa a final de cuentas fue ganada por la empresa estadounidense pues piénsese: ¿quién tiene los derechos sobre la historia de un país?

Las cintas del director mexicano fueron compradas por la Warner y enlatadas como medida de prevención para que Juárez se perpetuara como la obra cumbre al respecto del tema. El filme tuvo un gran éxito comercial y estuvo nominada a dos premios Oscar: a la mejor cinematografía y al mejor actor de reparto, para Brian Aherne.

Para mayor referencia del cine sobre Juárez y Maximiliano conviene acercarse a la obra fílmica de Contreras Torres que se refirió aquí, o a la obra México visto por el cine extranjero de Emilio García Riera.

 

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