La foto. El rapto

El rapto, 1986. (Cortesía Colección José F. Gómez, Oaxaca de Juárez)
El rapto, 1986. (Cortesía Colección José F. Gómez, Oaxaca de Juárez)

 

  Por Eduardo Valdelamar

El hombre es delgado y lleva suéter rojo. No le importa que yo simule concentración mientras leo un libro que no comprendo. Interrumpe con un gesto de la mano mi lectura y pregunta si me interesa aprender zapoteco. Él mismo es zapoteco y le gusta Poniatowska, a la que escuchó en la última feria del libro de Oaxaca. Guardo silencio porque no me gusta Poniatowska y no quiero defraudarlo, pero él sigue. Le gusta tanto Poniatowska que compró uno de sus libros en la feria, carísimo, para que ella se lo firmara. Si lo tuviera aquí, me lo mostraba. Junto a él, una mujer grande de ojos redondos asiente con una sonrisa a cada frase. Su hermana, dice, también es zapoteca y antes de que acabe la conversación y sin que yo se lo pida me va a mostrar sus fotos vestida con el atuendo típico de las mujeres del Istmo.

El hombre se llama Ainer, dice que es psicólogo, que vive en Oaxaca pero que a veces trabaja en el centro de salud de su pueblo, Jalapa del Marqués, en el Istmo de Tehuantepec. Si uno googlea el pueblo de Ainer, lo primero que encuentra son las fotografías de un antiguo templo dominico ahogado por la construcción de la presa Benito Juárez en 1962. Los indios del lugar levantaron piedra a piedra el templo entre 1550 y 1600, época en que los dominicos se metieron en la región a rescatar almas. El nombre en zapoteco de Jalapa del Marqués es yudzi, que quiere decir tierra. Cuando la presa sumergió el templo, las casas y los cultivos, los ancianos del lugar murieron de xilase, nostalgia. En temporada de sequía, el nivel de las aguas desciende y la cúpula y las paredes humedecidas del templo emergen. Como los peces escasean, los pescadores de Jalapa guardan los chinchorros y utilizan sus canoas para transportar turistas por los laberintos de agua y piedra del templo sumergido. Los más dicharacheros distraen a los turistas con historias que empiezan o terminan con el tono fúnebre de la muerte de los ancianos.

Nadie visita el centro de salud de Jalapa del Marqués los miércoles al medio día, por lo que Ainer, que está de turno, aprovecha para leer. Hace un par de miércoles una joven doctora que acostumbra a saludarlo le pidió que la dejara hojear el libro de Poniatowska. La mujer se detuvo en una foto, reparando en la joven que con un gesto parecido al suyo miraba hacia la pared. El rapto, 1986, Graciela Iturbide. Ainer se pregunta qué mira la mujer: le devuelven la mirada las paredes y el cobertor más blancos que su bata; en el calendario con montañas, el 17 de un mes; las maletas amontonadas en la semioscuridad de un rincón en la esquina inferior izquierda. Las flores puestas con aparente descuido sobre el cobertor blanco parecen negras, pero la mujer sabe que son rojas, igual que el confeti. La mujer también sabe que ese es el primer rapto juchiteco fotografiado, que la joven tenía diecisiete o dieciocho años, que la noche anterior el novio la había llevado a casa de sus padres y con el dedo le había roto el himen. En el momento de la foto él y sus familiares están avisándole a los padres de la joven que ella en efecto es virgen y que hay que organizar las fiestas. La mujer sonríe mientras señala el rostro de la joven en la foto y mira a Ainer: “es mi madre”, dice, antes de devolverle el libro.

Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterEmail this to someone
(Visited 18 times, 1 visits today)

Comentarios