La naturalidad del terror

Manifestantes bloquean entrada a posesión de Trump. Fotografía: Cele León.
Manifestantes bloquean entrada a posesión de Trump. Fotografía: Cele León.

Por Eduardo Valdelamar

De Washington uno dice que está bien. No tiene los rascacielos de Nueva York ni la calma silenciosa de los pueblo de Tennessee. Su gracia es una gracia mediana, hecha de las casas estilo xviii, los jacarandás florecidos en primavera y artríticos en invierno y del Potomac, el río que en las madrugadas nebulosas exhala una belleza sin ruido, como el resto de la ciudad. Washington carece del contraste grotesco que le permite a uno apreciar las simetrías de un rostro; le hace falta el lunar, la mancha, la abertura entre los dientes. Su belleza es más bien plana, como cuando uno dice que un texto está bien escrito, Washington está bien.

En esa belleza chata que distingue a la ciudad, no es difícil percatarse de aquello que hace ruido en el paisaje; inmediatamente salta a la vista un mueble nuevo o el cambio de una fachada. El fin de semana de la inauguración presidencial, en las calles medianas de Washington, los seguidores de Trump se movían como animales extraños. El jueves todavía algunos citadinos se negaban a aceptar que la pareja que miraba con desconcierto uno de los edificios del Downtown hubiera venido a presenciar la inauguración del cuadragésimo quinto presidente de Estados Unidos. La negación era igual cuando envueltos en sus chaquetas de jean preguntaban una dirección o cuando silenciosos se aferraban al pasamanos de las escaleras eléctricas. ¿Existen? preguntaban los habitantes de la ciudad; existen, y apretaban la mandíbula. La noche del jueves, en las mesas de los restaurantes de Adams Morgan, Capitol Hill, Columbia Heigths, los citadinos disfrazaron el nerviosismo con bromas que se mofaban de las chaquetas, las manos apretadas en el pasamanos, el movimiento arrítmico de Barney y sus amigos.      

El viernes fue diferente. Adornados con la bufanda roja y blanca Trump 2016 o con una gorra de Make America Great Again, los animales extraños miraban desde las aceras el desfile de manifestaciones en contra de su hombre. Ya no eran solo una mancha en el paisaje, algo que podía o no ser, eran, ciertamente, un lunar, estaban. Miraban a los marchantes, tomaban fotos y sonreían. Hacían fila para comprar café en La colombe. Había quien les gritaba “Come back to West Virginia”, y uno de ellos, altísimo, rubio, la bufanda roja Trump 2016, respondía “Fuck you”. Pero en general surfeaban las olas de manifestantes con tranquilidad, como si no fuera con ellos, como si los gritos de “Not my president”, “Get out Trump”, “No KKK”, no estuvieran dirigidos al hombre por el que habían cruzado el país: catorce horas en auto, cinco de avión, las grandes autopistas, los campos de maíz. Si uno los miraba bien, puede decir que hasta sonreían, sin asombro, como si la marea de manifestantes, el nuevo presidente, las calles medianas de Washington, todo fuese un hecho natural, un gesto más en la larga lista de gestos cotidianos.

***

Han pasado casi ocho meses de estas notas que escribí para ordenar la conmoción que me dejó el fin de semana de la inauguración presidencial. Apenas ocho meses para que algunos de esos hombres, con la misma naturalidad con la que se paseaban por las calles chatas de Washington, encendieran sus antorchas, formaran filas y desfilaran por las calles veraniegas de Charlottesville, Virginia, para defender la estatua del general confederado Robert Lee, a la que varios grupos de organizaciones sociales quieren tirar al piso.

¿Alguien estuvo alguna vez en Charlottesville? Yo lo visité hace diez años con un programa de becarios de la Embajada de Estados Unidos en el que intentaban convencernos de las grandezas de este país (a algunos de verdad los convencieron). De esa visita tengo una foto pre-selfie entre las altas columnas blancas de la plaza principal de la Universidad de Virginia y una imagen: la oscuridad de la habitación en la que me dijeron que había dormido Edgar Allan Poe cuando fue estudiante allí. Era pequeña y helada; junto a la ventana de barrotes de hierro habían puesto un cuervo de bronce que llenaba el espacio de un ruido siniestro. Aparte de esa imagen fría, recuerdo Charlottesville como una ciudad-campus típica de Estados Unidos, pero con un candor y una tibieza que todavía no he visto en Washington. Era jueves el día de mi visita y aunque la gran mayoría había vuelto a sus casas, algunos grupos de estudiantes se paseaban por las calles del campus, cenaban en sus bares diminutos y llenaban la noche de risas. La noche estaba fresca y también era verano.

Jamás pensé que mi recuerdo tibio de Charlottesville vendría a juntarse con las imágenes que me dejó el fin de semana de la investidura de Trump. ¿Qué pensaron los habitantes al ver llegar a su pueblo de candor las filas de hombres y mujeres, supremacistas blancos, enarbolando esvásticas y banderas confederadas?, ¿pensarían que eran inofensivos?, ¿harían bromas como lo hicieron un año atrás los habitantes de Washington? Es evidente que algunos, entre ellos los estudiantes de la Universidad de Virginia y grupos contra-marcha que llegaron de varios puntos de Estados Unidos, sabían que aquellos hombres no andaban con bromas, que en el orden cotidiano de esos hombres es natural gritar sin temor: “Get out of my country”, “The nigga is afraid”, “You will not replace us”, “Jews will not replace us”. En su orden natural está que este sea un país sin inmigrantes o que los negros tengan miedo. La estatua de Lee fue la ocasión para reunirse y mostrar que están listos para hacer lo que haga falta con tal de defender lo que ellos consideran el orden natural.

Con absoluta naturalidad también, Trump declaró que “ambos bandos” fueron responsables de los disturbios del fin de semana del 11 de agosto en Charlottesville. No condenó la marcha fascista o la violencia de los grupos de Alt-Right, ni que uno de ellos estrellara un auto en medio de una multitud de contra-marchantes, matara a Heather Heyer e hiriera a muchos más. No hace falta una lógica sofisticada para darse cuenta que el silencio de Trump los fortalece. Del fin de semana de la inauguración al fin de semana de Charlottesville solo pasaron ocho meses para que estos hombres volvieran a encender antorchas con naturalidad.

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A principios del otoño de 1920 circuló en algunos estados del Sur y el Midwest una tarjeta postal perturbadora. Se trataba de una foto en blanco y negro tomada la noche del 15 de junio del mismo año en Duluth, Minnesota (también era verano). Dicen que para que el fotógrafo consiguiera la luminosidad necesaria, se encendieron las luces de varios autos. Los hombres de la foto se organizaron en semicírculo y al menos treinta miraron directamente a la cámara. En el centro del semicírculo cuelgan los cuerpos de dos hombres negros con los cuellos torcidos de manera imposible, el tercero está en el piso. Pero más que el cuerpo de los negros, perturba la impasibilidad del gesto de los hombres que posan: es cierto que hay quienes sonríen con orgullo, pero la mayoría mira impasible a la cámara, como si lo que está ocurriendo allí –los hombres colgados– fuese el curso natural de la historia, un gesto más en la larga lista de gestos cotidianos. Probablemente aquella noche los hombres volvieron a sus casas, comentaron el linchamiento –ajusticiamos a tres negros– y se sentaron a cenar después de un largo día de trabajo. Los que enviaban y recibían la tarjeta a veces comentaban entre risas: “mira lo bien que pasamos en la última barbacoa”.

Una línea no tan invisible une la naturalidad de los hombres de la foto con la de  manifestantes de Alt-Right en Charlottesville y los paseantes impasibles de Trump. La naturalidad con la que asumen su “labor”, su derecho a estar, la naturalidad con la que son protegidos por el establishment. Esta naturalidad nos arrasa y no es cosa de un día. No hay gestos aislados cuando algunos deciden convertir en cotidiano el horror.

 

Postal de linchamiento en Duluth, junio 15 de 1920.

Postal de linchamiento en Duluth, junio 15 de 1920.

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