Viajar escuchando. Relatos de vivos

Nele Urbanowickz.

I

La mujer francesa a la que conocí en el Titicaca describió a Bolivia con esta frase: “el país más típicamente latinoamericano”. Me explicó: buses baratísimos, sin calefacción o baño y atestados de talegos de colores llenos de gallinas. La escuché, sonreí y pensé que ella era “típicamente francesa”. Después de vivir en Bolivia poco más de seis semanas, también yo, como la francesa, intuyo algo de “la tipicidad latinoamericana” de ese país sin mar. Y me parece que no se esconde en los talegos de colores —que en Bolivia llaman aguayos— ni se sienta en las butacas heladas de los buses interprovinciales. Estoy tentada a creer que esta “tipicidad” surge de otra cosa: tal vez del impulso invisible que convierte a La Paz en un reducto de Comala y engendra hombres y mujeres con la clarividencia de los hombres y las mujeres de Rulfo.

 

II

Uno no viaja mirando, viaja escuchando, sentencia Neuman en Cómo viajar sin ver, ese libro de viajes fugaces por Latinoamérica. Lo que más recuerdo de cada país, de cada ciudad, de cada casa en la que he dormido son los ruidos. En la residencia de Lilia, en Bogotá, las maderas del piso crujían todas las noches, y aunque un compañero me explicó el fenómeno físico, el cambio de densidad, la incidencia del calor, persistí en mi certeza: los rostros que habían habitado esas paredes volvían a recoger sus pasos cada vez que yo bajaba el interruptor. En casa de Antonio, en Barrio Norte, era el ruido de un calefactor o de un reloj de péndulo. Nunca supe si venía del apartamento del cuarto o del sexto piso. Empezaba con un ronroneo y se callaba con un estallido, con la algarabía de los platos que se rompen. No eran platos. El ruido de la casa de Olga fue, como el de muchas casas, el ruido de puertas y ventanas. El viento, me dije. Y sí, puede que solo haya sido el viento, porque allí en Montevideo me crucé con la sudestada, que aquella semana vomitó árboles y paraguas sobre los andenes.

 

III

La casa de Rosario es un inquietante imperio de los ruidos: la pecera ruge un mecanismo eterno de tubos y burbujas, Amir estrella su caminador contra los muebles del segundo piso, los perros recitan un salmo oscuro a la una de la mañana. Los perros. Elena me dice que ven a las ánimas. Al verlas, aúllan. No pregunto el porqué de la puntualidad imperturbable de los muertos. Por miedo a las ánimas, enciendo la luz las primeras noches. Después, concluyo que es más inteligente apagarla y enrollarme en las cobijas. Convertida en bulto blanco, las ánimas no podrán distinguirme. Pero Elena asegura que sobran tantos cuidados, que no me preocupe. Elena, que escupe el español como quien escupe piedras, conoce el idioma de los muertos.

 

IV

No importa cuánto tiempo se viva en Bolivia, cuánto se conozca del aymara o de los mítines diarios en la plaza San Francisco, algo permanece incomprensible para la ciudadanía sin tierra de un extranjero. Son telúricos los bolivianos. Conservan el color de la arcilla. El Illimani, sembrado de cara a La Paz, les recuerda el vínculo primario: polvo eres y en polvo te convertirás.

 

V

Hay un lugar en las faldas del Illimani donde las mujeres adquieren la destreza de convertirse en monstruos biformes mitad mujer, mitad cocodrilo. La semana pasada Elena vio a una de esas mujeres comprando huevos en la tienda del barrio. El barrio está en un valle de Calacoto, al sur de La Paz, bastante lejos del Illimani, por lo que a Elena le cuesta comprender cómo hizo la mujer para llegar hasta allí. Igual, no importa. No importa cómo llegó. Tampoco importa que compre huevos. Lo realmente preocupante es que a esta mujer, como a todas las de su especie, le gustan los niños, y Elena tiene uno, un hijo redondo y pequeño al que Rosario bautizó Amir.

 

VI

La primera vez que Rosario escuchó el ruido de la pelota pensó que se trataba de Amir. Esos días Amir todavía no corría pero se arrastraba en el piso detrás de cualquier cosa: una pelota, por ejemplo. Rosario olvidó rápido el incidente pero tuvo que recordarlo el día que regresó del trabajo y encontró a Elena callada y nerviosa. La dejó servir la cena, lavar la loza y después le preguntó. Elena le contó que una niña había estado subiendo y bajando las escaleras con una pelota y que a veces caminaba de la escalera al cuarto de Andrés, donde la esperaban una mujer y un hombre delgado. Rosario le prohibió a Elena ver la programación del primetime los domingos y le aconsejó rezar un padrenuestro o lo que ella quisiera antes de irse a dormir.

 

VII

Cuando Rosario volvía de la oficina, Elena le describía con detalle los juegos de la niña, las risas, los gestos, los lugares que los tres desconocidos habían ocupado esa jornada. Sobrepasaron los límites del cuarto de Andrés: en la mañana se sentaban distraídos en el sofá del segundo piso. En la tarde se acercaban a la cocina e intentaban seguir hasta el comedor. Elena los espantaba con gritos y rezos. Micaela, que por esos días frecuentaba la casa para lavar la ropa, cuenta que Elena hablaba sola al pie de la estufa.

 

VIII

El día que Fair vio al hombre delgado en la puerta del cuarto de Freddy, respiró hondo y se tragó un grito largo. Le contó a Freddy pero no le dijo nada a Rosario ni a Elena. Pocos días después ese mismo hombre miró a Fair desde la cabina del conductor de la camioneta que usan para hacer los viajes al Beni. Freddy, en cambio, nunca ha visto nada. Dice que le temen a su aliento de escabeche y leche de tigre. Pero jura que más de una vez escuchó la pelota y sintió que alguien soplaba su oreja en la madrugada.

 

IX

Yo nunca he visto un médium, pero según Rosario son gente rara. Tienen ojos secos, boca encintada y mejillas del color de las aceitunas. La médium que visitó la casa una de las últimas noches de mayo, le dijo a Rosario que Elena era una puerta: llamaba y convocaba a los espíritus. No me sorprende el descubrimiento; Elena habla en silencio y camina con pasos mudos. No hay que ser médium para saber que Elena es una puerta.

 

X

Mis noches en La Paz son noches largas. Me acuesto antes de que Elena abandone la cocina, su ruido de ollas y agua es un arrullo que duerme al caminador de Amir, la pecera, los perros. El sueño dura poco. A eso de las tres o cuatro despierto con la garganta seca y una sensación de ahogo. Elena me aconsejó meter una porcelana de agua en mi habitación para humedecer el aire. Funcionó los primeros dos días y el tercero tuve que aceptar la imposibilidad del sueño. Me dedico a leer a Urzagasti y su novela para insomnes: Los tejedores de la noche. Busco en la red y encuentro esta cita de Martín Zelaya, otro escritor boliviano: “No se sabe —cuando escribe Jesús Urzagasti— si un vivo recuerda o imagina, un fantasma provoca o desafía o un muerto no se resigna a despedirse”.

 

XI

El sábado Matilda me invitó a una fiesta en otro de los valles de Calacoto. Era una fiesta de adolescentes. La mayoría no contaba más de dieciséis. El mayor, de diecinueve, acababa de cursar high school en Miami. Tomamos vodka con sabor a fresa. Quise volver a casa antes de las doce y pedí un taxi. Elena no apareció cuando toqué el timbre, así que esperé un rato. No había luces en la calle pero pude ver claramente cuando un hombrecito pequeño, sentado en una de las columnas del portón, me miró y sonrió justo antes de lanzarse sobre el piso y desaparecer.

 

XII

En la calle de Jaén, en el centro antiguo de La Paz, hay una cruz verde. Junto a la cruz, sobre una hoja de cerámica blanca, se lee la historia del fantasma de una viuda que esperaba a los borrachos para llevarlos a un lugar del que no volvían jamás. Los vecinos mandaron a construir la cruz verde para espantar a la viuda y salvar a los borrachos.

La calle de Jaén es angosta. Nadie habla detrás de los muros. El silencio me recuerda que a las tres de la tarde, cuando los policías duermen y las cholas no anuncian garrapiñadas calientes, es mejor abstenerse de pasear por calles de viudas y cruces.

 

XIII

En una curva de la carretera que comunica a La Paz con El alto, los conductores improvisaron un altar para espantar al diablo que estuvo despeñando camiones y buses durante un mes. El diablo abandonó la carretera, pero a veces se le ve reposando sobre los bultos de ropa vieja de la feria 16 de Julio. Mientras se pinta y se viste para el matrimonio de una amiga, Elena me cuenta de los atracos, los asesinatos y las desapariciones de niños en El alto, esa ciudad sin aire que gravita sobre La Paz. Es el diablo, dice Elena. Después, me mira y agrega: es verdad.

 

 

 

 

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