Metáforas de Estanislao. Apuntes sobre el filósofo colombiano

Ilustración de Santiago González
Ilustración de Santiago González

La singularidad del pensamiento de Estanislao Zuleta es precisamente que carece de una singularidad en el sentido de una especialidad. Si leemos su obra como obra cerrada para encontrar allí un sistema filosófico, o antropológico, o psicoanalítico que nos entregue avances en alguna especialidad, y aunque los tiene, perdemos su principal aporte y su más lograda metáfora que es la metáfora de la confluencia, el ejercicio de síntesis. Zuleta no se deja leer en una sola línea de sentido porque entonces cerramos los espacios abierto por él a un pensamiento libre de las sujeciones del reino de la necesidad para caer en las reducciones propias de los conocimientos estancos, de las represas del saber de las que huyó nuestro pensador desde la secundaria. No lo vemos sólo en sus aportes en cada área del pensamiento, lo vemos mejor si lo leemos como un todo en lo complejo de su pensamiento. Si lo leemos fragmentariamente, por pasajes, no lo encontramos, se nos disuelve en las particularidades.  

La metáfora de la confluencia es el juego de las oposiciones en convergencia, ¿qué otra cosa es Latinoamérica sino la tensión permanente de fuerzas encontradas que sin embargo buscan resolverse en la síntesis?: el proceso de modernidad vista desde Latinoamérica empieza cuando varios continentes se encuentran en el mar Caribe. Ya Alejo Carpentier señalaba el hecho que constituye la primera experiencia universal en el encuentro de tres continentes: África, Europa y América, continentes y vertientes de un nuevo sentido que confluye en el Atlántico, no sin conflicto y devastación, no hay paraísos de mermelada nos dirá Zuleta, no hay encuentro sin conflicto. No hay construcción histórica ni construcción cultural sin conflicto y sin angustia, el duelo está en el origen de la creación y del pensamiento. Enrique Dussel se hace la misma pregunta sobre los orígenes de la modernidad en Latinoamérica y encuentra que nuestro proceso empieza en 1492 en el hecho fundamental que Europa llama Descubrimiento y Latinoamérica, en la voz de Dussel denomina Encubrimiento del otro, experiencias opuestas del proceso de conformación moderna.

Algunos creen que nuestro pasado anterior a la Conquista era la llanura del hombre satisfecho, que el indígena no era un ser de conflictos, que eran “pacíficos por naturaleza”, los que creen eso piensan lo mismo que los conquistadores, que el indígena era una especie de ser vegetativo, sin conflictos, es decir que no eran hombres, no tenían alma, ni espíritu. Y eso lo pensaban los conquistadores a pesar que el nativo ya les había mostrado el veneno en las aguzadas puntas de las flechas, es decir, la agudeza del sentido crítico. Sólo que sus armas eran menos eficaces que las construidas con pólvora. Es precisamente del encuentro entre la pólvora y el curare, del conflicto, de las refriegas y contradicciones de donde surge el ensayo latinoamericano, de la permanente discordia entre fuerzas entreveradas, entre la búsqueda de sentido y las devastaciones de la historia, o como bien lo expresa el maestro Estanislao haciendo incursionar el curare de su pensamiento en medio de las reflexiones de Federico Nietzsche en El origen de la tragedia: entre lo apolíneo y lo dionisiaco. Un pensamiento que permanentemente descompone y reconfigura, disuelve y construye, analiza e inmediatamente hace la síntesis.

No puede ser de otra forma en Latinoamérica en donde la experiencia no puede ser mediatizada ante las exigencias de una nueva y vertiginosa realidad que mueve las fuerzas mundiales hacia el Atlántico, en la vertiginosa construcción de un Nuevo Mundo, aunque esta manera de nombrar la realidad es propiamente europea y la designación con el nombre de Nuevo Mundo sea en sí mismo contradictorio y conflictivo, sobre todo cuando se trata del indígena, la flecha de su agudeza ya está allí involucrada en la mirada que aguza la lentitud del frío conceptualismo haciendo posible la confluencia de sentidos.

El pensamiento en Latinoamérica es esquivo a la sola conceptualización, porque demanda inmediatamente la resistencia, la presencia de la realidad en transformación. Cuando creemos que Estanislao está haciendo filosofía lo encontramos en otro oficio, lo mismo ocurre cuando trabaja el psicoanálisis, o la literatura. Realmente está conversando, está haciendo arte oral.                                   

A Estanislao es mejor acercarse con el elemento de las artes y de la poesía: la metáfora. Y la metáfora que elabora Estanislao y primera metáfora del filósofo, valiéndose del complejo del conocimiento humano y no de una sola de sus aristas, es la metáfora de la confluencia, la conciencia de América, la imagen del pensamiento latinoamericano que esquiva los especialismos para encontrar su más claro sentido en el mestizaje. Muchos de sus trabajos la mayoría son analíticos, pero su pensamiento como un todo va en el camino contrario del análisis que es la construcción, la composición. Tiene esa cercanía con el filósofo Fernando González, aunque los temas y la metodología nos los muestren como pensadores antípodas: el primero entre la intuición y el misticismo y el otro entre la ciencia, la filosofía y el psicoanálisis. Sin embargo hay que nombrarlos juntos porque estos dos pensadores constituyen un sentido profundo del pensamiento latinoamericano que trata de construir a través del intercambio con el pensamiento universal una reflexión que de cuenta de la experiencia propia.

Si González hace la crítica de la escolástica y el conceptualismo, Estanislao hace la crítica del etnocentrismo hegeliano propio del pensamiento europeo, pensamiento que afirma que la historia y la cultura son la historia y la cultura de Europa. El sentido afirmativo de nuestros pensadores muestra que hay otras experiencias y formas de abordar el pensamiento desde una universalidad distinta a la propuesta por el europeo, una universalidad que va en sentido contrario a las imposiciones formales que han terminado en los últimos tiempos por expresarse de un sentido único, tecnológico e instrumental.

La pregunta de los dos filósofos es la misma pregunta por el sentido formulada por el arte, y en la búsqueda de su resolución acuden a la superación de los especialismos propios del conocimiento parcelario, en un ejercicio de permanente intercambio entre el arte, la filosofía, el psicoanálisis, la literatura, la antropología, y a través del intercambio del pensamiento complejo que hoy empieza a enunciar el pensador de Europa.

Si nos acercamos al filósofo con la aguzada mirada del símbolo que es la lectura desde la poesía, lo que encontramos expresado en aproximaciones a Kant, Hegel, Marx, Freud o Thomas Mann, son los juegos simbólicos del intercambio del que indaga en la experiencia del otro a través de la experiencia propia, no como en el juego de espejos, no como en el rito reproductivo de las deshabitadas instituciones del saber, pero sí en el juego del intercambio y la discordia dialogante. Esa experiencia propia traduce a través de la propia expresión y no en la experiencia asimilada en la mueca, del puro gesto reproductivo, en el bostezante mohín puramente académico. Un pensamiento que interpreta y recicla los elementos ajenos para insertarlos en su experiencia.

No leemos a Kant o a Nietzsche para acomodarlos y hacer extrapolaciones con nuestra realidad, los leemos porque sólo podemos reconocer la singularidad de nuestra experiencia si reconocemos la experiencia del otro; lo mismo le ocurre a los pensadores europeos con referencia al resto del mundo: el pensamiento europeo en buena parte está constituido en el reconocimiento de la experiencia del hombre de los otros lugares del planeta, experiencia que además ha sido apropiada por el europeo no solamente en el ejercicio de colonizador, buena parte del pensamiento y el arte europeo tienen un fuerte contenido exógeno.

Pensamiento es  diálogo con traducciones, interpretaciones y canibalismos en el sentido positivo, un diálogo sin el cual es imposible la creación de un sentido válido y eso es lo que hacen Estanislao Zuleta y Fernando González: establecer un diálogo crítico con el pensamiento del otro, no sólo del europeo, también la experiencia del otro que está en el mundo interior, y al nombrar el mundo interior estamos nombrando un pasado que recurre en el sentido rulfiano o latinoamericano, un pasado siempre próximo que si en Estanislao es el reconocimiento del tiempo desde la perspectiva psicoanalítica, también lo es desde la experiencia del pensamiento continental. Esa experiencia del reconocimiento del otro es una afirmación, es a la vez la conformación de un sujeto no escindido, recurrimos a la síntesis buscando la superación de nuestras fisuras y escisiones, no nos es suficiente el análisis, nos es necesaria la confluencia: primera metáfora de Estanislao.        

Metáfora de un cimarrón conversador

El arte como afirmación o la metáfora del conversador: segunda metáfora de Estanislao. En el recurso del arte encontramos a Estanislao oral. No está repitiendo a Sócrates, conversa para afinar un estilo, por el gusto de conversar, de liberar el tiempo prisionero de los oficios y las especializaciones, si conversa es para darle un territorio a la abstracción, agilizando las duras y lentas observaciones de Heidegger, o agregándole plasticidad a la Crítica de la razón pura. Precisamente en sus referencias a Kant, Estanislao registra el criterio de Kant sobre la conversación como la más elaborada de las artes. La metáfora del conversador es también la metáfora de la democracia, del pensamiento y el arte como trabajo de todos los hombres más allá del mundo institucional, por eso el bar es un mejor lugar, el más ambientado, más propicio para la conversación que muchos otros lugares supuestamente construidos para el conocimiento.

La conversación es una de esas potencias válidas que menciona el filósofo y que podemos asumir como parte componentes de un sentido artístico en Zuleta, allí hay una mayor cercanía con Nietzsche; en el sentido que Nietzsche escribe El origen de la tragedia derivada de “las potencias válidas, afirma Estanislao, que se encuentran y no logran construir una síntesis”; ese es el sentido de La tragedia en la lectura de Zuleta. La otra potencia válida es el pensamiento, y sobre esas dos fuerzas se levanta el sentido artístico de la obra de Estanislao Zuleta. Las fuerzas discordantes que señala Nietzsche de lo apolíneo y lo dionisiaco como en lucha permanente y en reconciliación, en Nietzsche son fuerzas engendradoras a través del arte de la Tragedia. Pensamiento y conversación en Zuleta modelan un arte antes que una filosofía, hay una permanente referencia en las obras de Estanislao a las fuerzas opuestas y al duelo como fuerzas que anticipan la creación.                      

Cuando Estanislao se acerca al arte se refiere al arte en su metáfora viva, es decir, la metáfora que excede al arte como objeto, un sentido del arte que excede y a la vez prefigura el objeto artístico. Podría ser esta una metáfora al revés, ya no como la pintura o el poema que expresan una semejanza sino la semejanza misma que se expresa en el sujeto, antes de ser una obra de arte. Es esta una noción del arte en el sentido histórico y en el sentido de creación de realidad en donde el hombre es un ser artístico por naturaleza, no por la escuela. Lo que podemos llamar aquí naturaleza es la angustia: Estanislao, refiriéndose a los conflictos propios de la conciencia nos dice que en el caso del artista, éste no crea a pesar de la angustia sino que es un creador en la angustia, en el drama que son los duelos con los que el sujeto construye su identidad propia y su arte, y no en los paraísos de leche y miel ni en las promesas de un mundo sin conflicto propuesto por la iglesia, por el partido, o por el grupo.       

El especialismo termina muchas veces por matar el oficio, esto ocurre en todas las áreas, si no hay un pensamiento plástico y de riqueza polisémica no hay un contendiente, un acicate estimulante. Marx leía a Goehte en quien reconoce a uno de sus mayores pensadores, Platón cuando no encontraba respuestas en su filosofía buscaba a los poetas que el mismo expulsara de la República, los poetas que intuyen la verdad que busca el filósofo, sólo que los poetas no la buscan, por lo que decía Platón que los poetas conocen la verdad, pero no saben por qué. Freud reconoce ser más deudor de los poetas que de los médicos. Nada sería el Complejo de Edipo sin Sófocles, el arte es la fuente del psicoanálisis. “La concepción del hombre que resulta del psicoanálisis es trágica”, insiste Estanislao en El arte como principio de realidad, donde introduce una concepción del arte: “el trabajo artístico, no como una especialidad propia de ciertas individualidades, sino como una dimensión esencial del hombre. Es por ese camino que el filósofo llega a plantear que el arte es constitutivo del sujeto, “de su unidad, de su apertura hacia el futuro”, y también es, como en Rulfo, elaboración y recomposición del pasado. Esa incursión en el mundo posible a partir de la creación, es la incursión del arte en la historia, de esta manera el arte no es el objeto deseado sino el deseo mismo, nuestra potencia constructiva que además de construir la historia, le da un sentido.           

Igual ocurre con la poesía y en general con las artes cuando estos no se convierten en especialismos, en especies de universos cerrados. Se supone que el universo es abierto, en movimiento y en expansión, pero hay artistas que pretenden cerrar el universo, hacer acto de clausura del cosmos de toda experiencia humana. Esta clase de artistas, que no es una clase social sino una tipología, patológica por supuesto, o mejor, aberrante, sostiene que el arte nada tiene que ver con la realidad, que al arte no cambia la realidad, que sólo la expresa. Si esto tan simple fuera el arte no habría historia, ni ciencia, y el mundo sería un sólo mugido y el poeta y el artista solo un intérprete, no un creador sino un cantante de onomatopeyas que es lo mismo que creer que la actitud artística ejemplar es la actitud solipsista. Estos artistas sostienen que lo importante no es lo que se dice sino el cómo se dice, un artista canario que ha contaminado con su chirimía de ornitólogo el arte.                  

Es mejor huir del zócalo en el que se dejaron encerrar muchos de los poetas —hay que decir también que algunos entraron por voluntad propia—, es mejor ir a buscar las fuentes en el pensamiento en creadores como Estanislao: el creador de ideas es también un artista. Estanislao, al leerlo en sus entrelíneas, nos dice que el especialismo no propicia el arte, nos dice además que el sentido del arte excede el objeto del arte. El arte en Estanislao, hay que insistir, es una experiencia que trasciende pero a la vez prefigura la obra de arte.

La singularización recurrente en la que se insiste en convertir el arte como oficio, excluye las posibilidades de lo que Kant denomina colaboración de las facultades, e imposibilita una de las expresiones del arte que es además del sentido de lo complejo la posibilidad de acción histórica y cultural en una noción más estimulante del arte como componente de la historia y de la cultura.

Las dos metáforas complementarias: la metáfora de las confluencias de fuerzas en oposición y la metáfora del cimarrón conversador que realmente hace arte, nos entregan el sentido del trabajo de Estanislao y el sentido de su deserción académica, es su manera de anteponer el individuo al poder que se produce en la institución, poder en un sentido de la negación de las facultades. Las reflexiones de Kant sobre el tema que retoma Estanislao observan en el arte el ejercicio facilitador del libre juego de las facultades.      

La metáfora del cimarrón conversador, del que huye del salón de reclusión y crea su palafito entre las aguas de la conversación, lejos de las aulas represadas, es una metáfora del ejercicio de la democracia, de quien no cree que la democracia viene del cielo, del que se niega a hacer del pensamiento instrumento de poder y lo libera en la conversación. Estanislao huyó del colegio porque éste le quitaba tiempo para sus estudios, el primer argumento de este conversador por paradoja fue el silencio, nada dijo pero se fue: este acto fue la experiencia primera como pensador en su juventud y es su argumentación contra la escolástica, ya no a través de la palabra sino en la práctica de la acción directa.    

Este ejercicio crítico presupone también la observación de la tendencia a la sobrevaloración de lo exógeno en nuestra cultura y como respuesta se acerca a la filosofía sin el complejo del intelectual colonizado. No piensa “desde Hegel” o “desde Kant”, sino que incluye a los otros pensadores como a iguales en sus reflexiones críticas, cuestiona algunas de sus reflexiones y también les reconoce sus aportes, no está en Zuleta la soberbia del ignorante y menos la reverencia del colonizado. Va en sentido contrario del tiempo, de los románticos hacia Kant en quienes señala un prejuicio contra la razón, prejuicio que no existe en la posición psicoanalítica en donde la razón es parte componente de la estructuración del sujeto. En El arte como principio de realidad, señala el pensamiento romántico como antecesor del psicoanálisis, tanto en los temas del sueño, la infancia, la sexualidad, la locura, como en el método de la libre asociación. La diferencia del psicoanálisis con el romanticismo está determinada por las posiciones discordantes frente al racionalismo, sin embargo, nos dice Zuleta, “los románticos son todos kantianos”. Zuleta se inclina por el pensamiento de Heidegger, que mantiene la temática de los románticos al lado de un enfoque analítico y una visión del hombre sustentada en el arte.      

La sobrevaloración de la imagen, propia de nuestra cultura, la observa el pensador como parte de la crisis de la identidad colectiva, derivada de la descomposición de las formaciones colectivas tradicionales y regionales que soportan las formas de identidad, condición a las que Estanislao denomina “crisis colectiva de la identidad” caracterizada por la atomización de los individuos que determina las formas del pensamiento hacia un comportamiento y una despersonalización esquizoide.

El arte es el punto de inflexión en el pensamiento de Estanislao quien al hablar de liberación radicaliza el pensamiento para ir más allá del sentido de liberación política y social, y aunque incorpora de Marx la noción del tiempo liberado a través de la técnica en una idea de sociedad colectiva en donde la técnica no es de apropiación privada.  Estanislao ve otra forma de descomposición del tiempo: “también el tiempo puede disolverse, afirma, desatarse en el presente libre, en un río de olvido”. Esta afirmación que bien puede servirnos para señalar el arte de la conversación, realmente es una alusión a “las drogas”, “que tienen la llave” —dice el filósofo— de la disolución del tiempo. Ya no es el tiempo liberado por la técnica sino el tiempo que Estanislao emparenta con el tiempo de los antiguos estoicos, “la determinación omnipotente del sujeto frente a la adversidad”.     

Tiempo del arte es tiempo de la liberación, es el presente del sujeto del arte que escapa a través de la experiencia artística a los condicionamientos cardinales y se prepara para la creación. Sin el puente del arte, sin el libre juego de las facultades no hay liberación, no hay tampoco historia ni ciencia.  

 

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