Todo animal es poeta

Mictlantecuhtli y Quetzalcoatl

Hay libros que se leen en sus entrelíneas, por sus silencios, o por las preguntas que dejan sugeridas, o enunciadas, es lo que pasa al leer Tratado del alba, libro de poemas de Henry Alexander Gómez (Bogotá, 1982) de reciente publicación. Lo que deriva de esta lectura personal no es una reseña, ni un comentario crítico, y menos el elogio o su contrario que es tan frecuente como el elogio gratuito en el medio: el desconocimiento. Más bien se llega a una reflexión del quehacer del arte en este tiempo, o a preguntas sobre las preocupaciones y actitudes literarias de los escritores que recién publican. Y aunque siempre volvemos a las preguntas de origen, no sobra recaer en reflexiones necesarias sobre el sentido de la poesía, es por ahí por donde se encaminan estas líneas escritas teniendo como rumor de fondo Tratado del alba.

En poesía la materia está en demolición permanente, y esa no es necesariamente una característica propia de la modernidad, sino de la necesidad humana de ver el otro lado de las cosas; la poesía no se detiene en el objeto, contrariamente lo destruye. No asumir esta condición atrae algunas veces miradas arqueológicas sobre el mundo de las palabras, o trabajos como los del orfebre que consisten en pulir la materia hasta darle brillo, ¿pero a dónde va la metáfora? Y hay también otras vertientes eruditas sin que registren hallazgos nuevos, o virtuosos del lenguaje, y otras veces, aunque con menos frecuencia aparecen escritores que bordean las preguntas sobre el sentido de la palabra misma, sobre el sentido del lenguaje y su escritura.

La palabra permanece en su centro como materia imantada, labrada por las sangres de la historia y de la cultura hasta sorprendernos con esa hechizante fijeza que es el silencio que ilumina los lugares más oscuros de la conciencia, allí donde un arqueólogo, un orfebre, o un ceramista tratan de resolver sin lograrlo ese sentido irresoluble que hay en la materia. El poeta busca más en el silencio que en las palabras, y más en el vacío que en esa materia cruda que es el objeto, el poeta es la conciencia que tiene la naturaleza sobre sí misma, y en ese sentido, todo animal es poeta.

Conciencia del ser, es lo mismo que conciencia de la naturaleza. Tal vez sea esa primera conciencia del nacimiento del ser lo que la psicología y la filosofía llaman principio de individuación y el poeta trata de resolver reclamando un poco de luz a esa materia ciega que es el lenguaje. El poeta es un ser arcaico, pero siempre es un arcaico recién nacido que vive entre esa forma del recuerdo que es el olvido, y su materia volátil trata de condensarla en palabras, de nombrar la innombrable verdad que está hecha de fuego y de humo, y allí aparece la imagen como recurso cetrero, para tratar de atrapar en ese centro del útero universal que es el fuego, el sentido del mundo, o su ausencia.

La obsesión por el lenguaje es la que nos lleva a la pregunta: ¿por qué el habla, qué es lo que tenemos para decir, qué es lo que quiere decir el poeta, y el que ora y el que canta, a qué gravitante vacío trata de oponer sus palabras aladas, y desde qué lugar lo hace, desde qué ruinas? Hasta que nos damos cuenta que el mundo es todo lenguaje: el poeta y el perro son lenguaje, y las piedras, las estrellas y todas las angustias del hombre son lenguaje, es decir, cosas innombrables, por eso tratamos de nombrarlas, pero éstas de continuo se renuevan y ya no son, vuelven a ser otra vez, -en el mismo momento en que se nombran-, lo innombrable, lo que está por descubrir, de allí el vuelo incansable de la imagen.

En poesía no existen las generaciones, sería un contrasentido, lo que sí existe son las preguntas, preguntas que se crean y se recrean con el paso del animal humano por el tiempo, o la revelación del niño, o el animal poeta que dice: “hay pocas cosas qué decir”, y el silencio que es decirlo todo. Y qué nos importa si el poeta es lírico o épico, lo que nos interesa de verdad es lo que trata de decirnos, y bien puede ser tartamudo o elocuente, porque lo que cuenta es la profundidad de su herida. Es a través de la herida del poeta desde donde podemos ver el otro lado de las cosas, el incendio del ser.

Aunque también hay poetas sin heridas: invictos. Los vemos siempre pajarear por las pasarelas del sinsentido, sin darse cuenta de la relación íntima que existe entre la palabra y la luz que es la herida mayor. Algunas veces cansan las palabras, es cierto, tanta palabra junta en el bosque averanado del lenguaje que se pierde el misterio, ese misterio al que no se llega por mera evocación. Hay que invocar a la luz de verdad, o a la noche que es lo mismo, como San Juan de la Cruz quien conoce las coordenadas destruidas de la noche; en nuestro tiempo la noche ha perdido el misterio: todo es noche, y las palabras no bastan. Solo nos queda señalar a dios con el dedo, como si volviéramos de regreso al primer día, como si fuera necesario volver a nacer para no perder el asombro, como el “nacido dentro de la poesía” para curiosear “en la luz”, en un reclamo por esa voz humana que ya no alcanza a ser oración: un misticismo a la inversa. Como si el trabajo del poeta consistiera en recordarle a dios que existe el mundo cuando dios ya hace parte de los fragmentos y ruinas, en todo caso, de las cosas muertas.

Hay un naufragio en la luz: la condición humana. Y la palabra vuelve a ser como al principio, una intuición de no se sabe qué, una palabra frívola que ante la ausencia de una sensibilidad social propia tiene que pedirla prestada solo para mostrar que se tiene y ya es suficiente. El reclamo del poeta en este tiempo ha dejado de ser un reclamo por su individualidad perdida, su reclamo tiene que ver con un abismo peor, la desaparición del hombre.

Poemas de Tratado del alba

Henry Alexander Gómez: Tratado del alba

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