Crónica caníbal y la historia contada desde una cultura superior

Pablo Amaringo. El color de la ayahuasca
Pablo Amaringo. El color de la ayahuasca

Rodrigo Argüello en su libro La muerte del relato metafísico (119- ), al referirse al texto que viene de afuera o derivado de otro, hace alusión al “orden caníbal” del autor, lo cual consiste en “comer unos textos para producir otros” (94). Son varias las formas usadas para denominar este procedimiento de canibalismo textual a la hora del autor configurar el material narrativo; en su mayoría estos términos proceden de las teorías de Bajtin y Genette, entre ellos palimpsesto, dialogismo, transtextualidad, hipertexto, discurso transpuesto, contratexto, intertextualidad y carácter heteroglógico del discurso.

Partiendo de la etimología del palimpsesto como “manuscrito antiguo borrado para escribir de nuevo”, Argüello encuentra esta manera de referirlo: “Para que exista el palimpsesto es necesario que las capas o primeras escrituras que parecían estar borradas, vuelvan a la superficie sutilmente o de manera transparente” (92). Mientras tanto, la intertextualidad la define Genette como la presencia efectiva de un texto en otro; y el contratexto en términos de Kibédi Varga, citado por Argüello: “Texto derivado de otro texto anterior al que en algún modo cuestiona o pone en crisis, ya sea en forma paródica, ya sea al modificar o sustituir alguno de sus elementos estructurales” (Varga, 1982). Bastan estas aproximaciones para tener un referente en la novela moderna de textos narrativos que derivan, modifican, sustituyen, reescriben o reinventan un texto anterior, a lo cual viene al caso “Pierre Menard, autor del Quijote” de Borges y El Ulises de Joyce, donde algunas de las anteriores teorías se ponen en cuestión. Pero hay que decir que esa intencionalidad del autor, para que tenga validez literaria, debe ir dirigida a producir ya sea un efecto de ironía, sarcasmo, burla, invención, crítica, sugestión, fantasía o de juego con el texto que aparece trasbocado en la mimesis paródica. Es aquí, entonces, donde el canibalismo se hace ritual frente a la metáfora de la carne del texto recién comido.

Lo anterior para dejar sentado desde ya que El país de la canela de William Ospina aparece como un texto montado sobre las crónicas de Indias, principalmente la expedición a las provincias o País de la Canela y el viaje de descubrimiento de Orellana por el río Amazonas, con todos los sucesos que en ellas se refieren. Los textos reescritos en la novela de Ospina pertenecen al Libro XLIX, Capítulo II-V, t. V (p. 232-242) y Libro L, Capítulo XXIV, t. V (p. 373-402) de Historia General y Natural de las Indias de Gonzalo Fernández de Oviedo y Descubrimiento del río de las Amazonas (1542), escrito por el capitán Francisco de Orellana con relación fray Gaspar de Carvajal, tomado del facsímil del manuscrito original de la relación. La cuestión central de este análisis consiste en que una vez descubierto el artífico de la primera escritura sobre la que se apropia la fábula y la trama de El país de la canela, interrogar si el texto derivado de Ospina, en términos de Genette, “le impone un nuevo orden de palabras al discurso ajeno u original”, si al ser comido y de-volverlo en otra configuración, en qué medida es trasformado, si lo cuestiona o de qué manera lo pone en crisis, cómo se impone en el nuevo contexto significativo y qué efectos literarios produce el lenguaje en el orden de la función representativa, entre otras cuestiones que se intentan vislumbrar a lo largo de este capítulo.

Antes, valga dejar planteado que la novela El país de la canela está contada por un narrador de los hechos de sí mismo y de otros personajes, asumiéndose también personaje de la historia que cuenta. Por eso nos encontramos, básicamente, frente a un personaje-narrador, quien nos ofrece el testimonio de lo que cuenta como testigo de los hechos, informándonos acerca de su propia vida, sirviendo de filtro a las voces y las acciones de los demás personajes, realizando continuas digresiones, haciendo saltos en la narración y cambios permanentes de focalización.

Con los anteriores antecedentes, la estructura narrativa de El país de la canela encuentra su fuente más fidedigna y su modelo más elocuente en las crónicas de Indias, en especial los escritos de Gonzalo Fernández de Oviedo, a quien se le hacen continuos ensalzamientos en la obra de ficción. De esta manera la novela rinde tributo a la herencia literaria de temas americanistas en las primeras formas narrativas de la época como las cartas, las relaciones, las noticias y las descripciones; medios que dieron cuenta de las verdades que vieron y oyeron los propios cronistas o los viajeros testigos. Por eso la novela viene a constituirse en el regreso más cercano a esas formas tradicionales y el estilo de Ospina se vuelve todavía más circunspecto y orna-mental. Tanto en la novela, como en las crónicas, los personajes dejan ver su continuo deslumbramiento ante la vastedad prodigiosa de una naturaleza que los atrapa y en la que se sienten extraños y repelidos.

No son ajenos a la intención del narrador en la prosa del El país de la canela algunos de los rasgos esenciales que caracterizan las crónicas de Fernández de Oviedo, cortesano cronista del Imperio, quizá el escritor más prolífico de la empresa conquistadora. La novela de Ospina puede leerse, en muchos aspectos, con más comodidad desde la crónica, atendiendo en parte a su estructura lineal y secuenciada de los sucesos que se van entre-lazando en la medida que los barcos San Pedro y La Victoria siguen su curso por el río, así como por la reconstrucción de los hechos desde el testimonio de un testigo. A propósito, Alberto M. Salas en su obra Tres cronistas de Indias (1986 ), manifiesta que las crónicas y testimonios autobiográficos de la época, estaban impulsados por el afán descriptivo de las nuevas tierras y su naturaleza, a lo cual apunta: “Es el apogeo de la historia parcial de un suceso o serie de sucesos bajo la denominación de una empresa, conquista o jornada, como solía decirse (…) Es el campo de la crónica que se complace en el ´yo´ o en la mención de la propia persona con el pronombre de la tercera, dando dimensión desmesurada y casi irreal a la propia estatu-ra” (17). A lo largo de su ensayo sobre Gonzalo Fernández de Oviedo, resalta en el estilo de su prosa y de la crónica en general varios rasgos, entre ellos una función informativa, un plan expositivo geográfico y cronológico, respeto por las fuentes escritas, editadas o inéditas, la glosa y el comentario de los textos que se siguen, memoria autobiográfica y del relato de testigos presenciales, el uso de la cartografía, la demarcación de las tie-rras y el rigor toponímico, la mezcla fabulada de los bestiario medievales y la ciencia natural, la descripción detallada tras un afán de totalización, la tarea de miniaturista, el gusto por los detalles y los catálogos, el tono épico y moralizante, recurrencia a las fuentes escritas y eruditas, la apología de la aventura, entre otras. Buena parte de estos recursos son utilizados por Ospina en su novela, algunos con más transparencia que otros. Entre ellos, la descripción detallada es la más prolija al lado de los catálogos, las fuentes escritas eruditas, uso de la cartografía y la memoria autobiográfica. Además, abunda la apología y el retrato de personajes históricos y literarios, entre los cuales Fer-nando González de Oviedo, el cardenal italiano Prieto Bembo y el nigromante Teofrastus; el primero maestro de Cristóbal de Aguilar, de quien se ocupa en uno de los capítulos finales, además de las múltiples referencias a lo largo del libro.

La estampa humana y biográfica que nos ofrece el narrador de Aguilar sobre su maestro Oviedo es altamente elogiosa, siguiendo el periplo documentado de su vida y su oficio de cronista del Imperio de Carlos V. Lo presenta como el hombre que todo lo vio, con la memoria del Viejo Mundo e invita a Ursúa, a pesar de no ser hombre de libros, a leer la Natural historia de las Indias, creando con este recurso un clima metaficcional.

Además, la perspectiva bajo la cual el narrador Cristóbal de Aguilar nos representa el mundo está permeada por la visión que tenía su maestro Oviedo de los indígenas americanos y especialmente la crítica soterrada del conquistador español a quien no deja de reprocharle su desmesurada ambición. No obstante, Cristóbal de Aguilar es un mestizo orgulloso de ser el español valiente y el indígena que divierte y recrea la imaginación de los demás, contando la historia de su viaje como soldado subalterno de Pizarro.

Hasta aquí, todo induce a pensar que Ospina ha reescrito en su novela las crónicas de Indias, principalmente las referentes a Gonzalo Fernández de Oviedo acerca del viaje de Orellana por el río Marañón, la conquista del Cuzco y la leyenda criolla de las Amazonas. Dicha parodia respetuosa tiene que ver con la reescritura originada en fuentes historiográficas bien documentadas, la mayoría de las veces respetando la verdad del Historiador-cronista, con una amplia investigación por parte del autor, complementando y enriqueciendo su narración con otras fuentes documentales o ficticias como las biografías, la historia natural, las novelas de la selva, las mitologías, los tratados filosóficos, las cartografías y novelas de viaje. Una escritura que vuelve sobre la escritura para resucitar un pasado y recordar a los hombres de hoy habitantes de esta parte del mundo, que somos hijos de una memoria histórica. Es la escritura rememorándose a sí misma, salvo que su registro en su fuente oral es distinto, pues claramente la novela está dirigida a lectores del presente.

Quizá lo que hace más crónica importada del Viejo Mundo y prosa testimonial a El país de la canela, sea su trama débil y la poca acción de los personajes en la construcción de un clima de tensión entre el lenguaje y los episodios narrados. El hecho de que los sucesos aparezcan ceñidos con demasiada fidelidad a la lógica del relato histórico, hace que en la novela –en lo que tiene que ver principalmente con el viaje por el río Amazonas– se vuelvan previsibles, tan recurrentes y automáticos, que el lector está advertido que algunas leguas más allá del puerto donde arribaron por comida Orellana y su tripulación, se encontrarán de nuevo con variopintas poblaciones de indios y se internarán en la selva para abastecerse de comida, lo cual suscitará enfrentamientos entre flechas envenenadas, arcabuces y ballestas, donde casi siempre salen mal librados los nativos; justamente porque El país de la canela sigue de cerca los episodios en ca-dena de estos mismos hechos relacionados en las crónicas de Indias. Es así como el salto que hay de las crónicas de Oviedo a la novela de Ospina en estos episodios, se da como un agrega-do en la segunda escritura, el cual consiste en contar con más detalle la prolijidad de las escenas y describir con más finura los escenarios, seguir con ilación los rumbos de las embarcaciones por el río Marañón hasta desembocar en la prosa turbulenta del mar y llegar hasta la isla de Cubagua, donde termina el periplo del viaje. Así mismo, episodios como la pérdida de la nuez del arcabuz en el río, recuperada inmediatamente en el vientre de un pez al ser pescado, no aparece muy retocada al pasar de la crónica de Oviedo al texto de ficción de Ospina. En este orden de ideas, la novela corresponde más a una escritura conocida como de “segundo grado”, válida en una de las tendencias de las novelas históricas latinoamericanas documentadas, las cuales se ocupan de revisar el pasado con la ayuda de la parodia de efecto de recreación respetuosa.

De esta forma, el “canibalismo textual” en Ospina como capa superpuesta sobre el original de las referidas crónicas de Indias, más para seguirlas en su desarrollo que para distorsionar, burlar, ocultar o cuestionar el discurso histórico, se va dando en el nivel macro y micro de la configuración global del relato; así tenemos que la novela ciñe su trama a presentar con rigor, en el orden espacial y temporal, los hechos fieles a la crónica sin que el novelista tenga que recurrir a la invención de los mismos, sólo alterando un poco el sistema lingüístico de la escritura deriva-da, optando casi siempre por la transparencia en el calco, pero haciendo vívida la experiencia del personaje-narrador de esos hechos; de ahí la importancia y el énfasis puesto por el autor en el personaje vicario de la enunciación narrativa, en este caso Cristóbal de Aguilar. Veamos enseguida como funcionan y están presentadas en los cronistas y en Ospina, las capas de las escri-turas de un mismo texto, trayendo a este caso el crudo episodio del hambre que obliga a la tripulación de Orellana a improvisar comida con los recursos más inverosímiles a fuerza de sobrevivir. En la versión de La relación de Gaspar de Carvajal de la crónica escrita por Orellana, aparece presentada de esta forma:

Y, entretanto, a falta de otros mantenimientos, vinimos a tan gran necesidad que no comíamos sino cueros, cintas y suelas de zapatos cocido con algunas yerbas, de manera que era tanta nuestra flaqueza que sobre los pies no nos podíamos tener, que unos a gatas y otros con bordones se metieron a las montañas a buscar algunas raíces que comer, y algunos hubo que comieron algunas yerbas no conocidas, los cuales estuvieron a punto de muerte, porque estaban como locos y no tenían seso; pero, como Nuestro Señor era servido que siguiésemos nuestro viaje, no murió­ ninguno (Fray Gaspar de Carvajal,13).

Por su parte, Fernández de Oviedo nos presenta la siguiente versión del mismo episodio:

Entre tanto, a falta de otros mantenimientos, comíamos cueros de sillas e arzones, e también los de venado de las petacas o sestas que enforradas en ellos estaban, en que llevábamos esa poca ropa que teníamos, e algunos cueros de dantas, sin perdonar las suelas e zapatos que se hallaron en la compañía; e aunque no había otra salsa sino la mesma hambre, esa mesma les ponía el gusto e tal apetito, que se comportaba a más no poder tan nuevos manjares para subastar esta miserable carne. Algunos compañeros comíamos hierbas no conocidas, y éstos fueron los peor librados, e llegaron a punto que se pensó que no escaparan con la vida (1959: Fernández de Oviedo, 375, t. v).

Sobre esos manuscritos emerge el artificio de la reescritura de Ospina, de la siguiente manera:

Pero quieres saber cómo fue el descenso por el río. Más fácil es para mí recordar los primeros días que todo el tiempo que fuimos después navegando. Cada experiencia nueva se graba en la memoria con la fuerza de una amenaza o de una catástrofe. Al sexto día de ir bajando sin saber a dónde, ya eran tantas el hambre y la escasez que empezamos a buscar todas las cosas de cuero que nos quedaban: correas, trozos de alforjas y secciones de botas empezaron a caer en el agua que hervía hasta que parecían ablandarse, las adobábamos con hierbas desconocidas, y también fue repulsivo intentar encontrar algún sabor en esos cueros curtidos y viejos, llenar el vientre con residuos que después de ser fardos y ataduras, prendas y adornos, recuperaban su condición animal y se improvisaban como alimentos (Ospina, 2008: 169).

El paso de ese material narrativo de la crónica de fray Gaspar y Oviedo a su reconfiguración en la novela de Ospina, consiste en darle fuerza a una culinaria repulsiva desde la memoria del personaje, manteniendo más o menos fijo en lo posible la uniformidad de ese pequeño suceso encajado al marco de la trama frente a la versión de Fernández de Oviedo quien, además, ya le había agrega a la culinaria repulsiva de Ospina una pisca de humor y de burla. Lo que se pone en juego en las tres reescrituras es la manera como en particular cada una reinventa e intensifica ese conflicto vivido y resuelto en su momento por personajes concretos en la Historia. Al fin de cuentas, Cristóbal de Aguilar escogido por Ospina del catálogo que ofrece Ovie-do de quienes hacían parte de la tripulación, asumiendo en la ficción el papel de personaje-narrador y testigo directo de los hechos, lo que hace es apropiarse de la voz del cronista para entregarnos su propia versión en El país de la canela. Este recurso justifica el hecho de que el texto original de Oviedo nosea alterado por lo menos en los dos episodios centrales: el viaje el País de la Canela y el regreso de la tripulación de Orellana por el Amazonas, que no el relato autobiográfico del narrador, donde la novela se separa de las crónicas al volverse imaginativa y enriquecer la trama. Otra cosa es que el narrador protagonista vuelva a hacernos la crónica de lo que vieron y vivieron Orellana y fray Gaspar de Carvajal según la trascripción de Oviedo, siendo un tanto reticente al no llenar con la imaginación los vacíos del texto ajeno, a no ser la ampliación de los escenarios y la intensificación de las acciones, sin que el núcleo de las mismas sufra mayores distorsiones. Así, el juego de comerse el texto y trasbocarlo, no sufrió mayores crisis al ser digerido y puesto de nuevo en la mesa del lector. En esto consiste, principalmente, el recurso de la novela de Ospina en su configuración global. Lo importante ahora es evaluar cómo Cristóbal de Aguilar percibe, representa y transmite a través de la oralidad dicha experiencia en su visión de mundo.

 

La historia de la Conquista a los ojos

de Cristóbal de Aguilar

La perspectiva o visión de mundo, es uno de los tópicos más problemáticos en la escritura de una novela. El perspectivismo, desde Andrés Amorós en su libro Introducción a la novela contemporánea (1989), es una de las grandes leyes de la narración contemporánea, pues todo depende “de la relación en que se coloca el narrador ante su historia”. Esa elección de un punto de vista para narrar es acertar con la perspectiva justa (1989: 63, 64). Este resulta siendo uno de los asuntos más complejos y conflictivos de El país de la canela. En la ideología de los personajes Cristóbal de Aguilar, Francisco de Orellana y fray Gaspar de Carvajal, se hallan los focos principales que capturan, representan e indagan los mundos puestos en conflicto: la manera como españoles y nativos se relacionan entre sí y con la selva en su dimensión espacial e ideológica mientras navegan por el río Amazonas, así como los conquistadores al emprender aventuras imaginarias tras la conquista del País de la Canela terminan engañados y, a causa de esa frustración histórica, el elemento indígena en la esfera de la dominación se hace víctima de las crueldades de los expedicionarios. La historia del viaje a las provincias de la canela se encuentra narrada desde el lado de Espa-ña con la visión del español emparentado en la figura del Conquistador. Si bien Cristóbal de Aguilar es un mestizo de sangre, ideológicamente se pone del lado del español al momento de asumir puntos de vista y tomar decisiones definitivas, pero en lo secundario, está del lado del indio en la enunciación narrativa; lo cierto es que su visión de mundo pocas veces se encuentra controlada o asumida francamente por la mirada del indio. De Aguilar se define como un conquistador “distinto” al clan de los Pizarro, pues si bien comparte con ellos el hecho de ser subalterno del poder de la Corona de Carlos V y encarnar la ambición de doradas aventuras, tanto que se enroló como soldado en la empresa del País de la Canela, no admite tener la indolencia de matar indios. Este mestizaje del personaje que para muchos resulta favorable a una actitud reivindicadora de las relaciones entre el español y el nativo indígena, por su misma mezcla de sangre entre dominadores y dominados, no es del todo cierta al momento de elegir el punto de vista para ponerse en relación con la historia que cuenta. En esta elección para aproximar los hechos atroces de la expedición al País de la Canela así como los sucesos del viaje por el río Amazonas, el mestizo Cristóbal de Aguilar escoge narrar la historia desde arriba de una cultura superior y no desde debajo de la cultura avasallada. Para hacer más explícitas las acertadas expresiones de María Cristina Pons:

“La (re) escritura del pasado desde los márgenes y desde abajo, en relación (y en oposición) con la Historia escrita desde el centro y desde arriba, le da a la novela histórica latinoamericana contemporánea una dimensión reflexiva y un carácter político, y no meramente filosófico” (1996: 268). En este punto, la regla de Pons es invertida por Ospina, en el sentido de que el pasado se narra desde el centro y desde arriba (de la cultura) en “relación y en oposición” con la historia escrita desde abajo, otorgándole al español una visión más amplia y coyuntural, además de solapada frente al indio. En este mismo sentido, el documento falsificado por Ospina a través del “palimsesto indestructible de la memoria”, para utilizar una expresión de Baudelaire, pro-viene de la fuente documental del cronista oficial del Imperio Fernández de Oviedo, quien cuenta la historia desde arriba (del español), distinto a la postura de fray Bartolomé de las Casas que cuenta la historia desde abajo (del indio) y desde las márgenes. Veamos como lo hace nuestro autor de El país de la canela.

De Aguilar mismo se presenta en lo que corresponde a los pasajes de su narración autobiográfica, como hijo de una india cauta de La Española y de un padre ambicioso, moro converso y sanguinario de España, lo que podría justificar dicha paradoja. Para Aguilar parece que no ser sanguinario fuera parte del tributo a su raza dominada y al amor de su madre Amaney, sin embargo esta postura no es deliberada: “Pero lo que más me impedía en la selva participar de esa fiesta de sangre es que a mis veinte años yo había sido auxiliado por indios en momentos de peligro, y todavía antes había bebido la leche en los pezones de una india de La Española, y había escuchado los relatos de Amaney en nuestra casa de Santo Domingo. Yo no podía ver a los indios como gentes sin alma” (143). No obstante, otra es la posición que asume como hombre consciente de pertenecer al clan de los conquistadores por vínculos de sangre paternos: “Aquel día no sólo descubrí que éramos poderosos y audaces, descubrí que éramos crueles y que éramos ricos, porque los tesoros de los incas ahora formaban parte del botín de mi padre y de sus ciento sesenta y siete compañeros de aventura” (19). Resulta importante resaltar aquí que por petición de su padre, Cristóbal de Aguilar fue educado bajo la égida de Gonzalo Fernández de Oviedo, por tanto asume valores aristocráticos y su memoria se conecta con el saber enciclopédico de la cultura clásica y renacentista, más no desde los valores y las tradiciones de la cultura heredada de su madre que sí aparecen ausentes, a no ser la evocación de su infancia al lado de su progenitora y su vocación natural a contar historias. Leamos la confesión de su autobiografía: “Alguien debía velar por que yo creciera como un buen español, y desde los once años fui recibido como aprendiz en la fortaleza mayor de la isla, donde por decisión de mi padre orientó mis estudios el hombre más importante que había en La Española, su antiguo compañero por Castilla y por selvas del Darién, el regidor Gonzalo Fernández” (22).

Veamos quién es Cristóbal de Aguilar. Este personaje-narrador aparece documentado en la Historia en una de las crónicas de Gonzalo Fernández de Oviedo, en el Libro XLIX, Capítulo II, t. V, donde se hace la relaciona del número de las personas que salieron con el capitán Francisco de Orellana del real de Gonzalo Pizarro en el recorrido por el río Marañón, de quien el cronista de Indias aporta los siguientes datos: “Cristóbal de Aguilar, mestizo, hijo del licenciado Marcos de Aguilar e de una india, en quien le hobo en esta isla Española, e valiente mancebo por su persona e hombre de bien” ( Oviedo, p.238). Tanto el editor ficticio de la novela como el cronista de Indias nos brin-dan señales relevantes: se trata de un mestizo culto, hijo del licenciado Marcos de Aguilar, hombre de bien, mancebo valiente que introdujo los primeros libros a las Antillas, además domina el latín y es amigo de personajes cercanos al arte, la filosofía y la teología; su madre Amaney era una india de La Española. Es un joven de veinte años cuando emprende el viaje al País de la Canela, pero como sujeto de la enunciación en la novela ya cuenta con 35 años de edad, de espíritu aristocrático, emprendedor y ambicioso. Se resalta no sólo su amplia información acerca de los clásicos, sino como iniciado en la numerología y la alquimia: “También yo gasté mis años tratando de aprender la ciencia de los números y su relación con metales, planetas y animales” (Os-pina, 72). Cristóbal de Aguilar no sólo es el tipo de personaje oculto o referenciado muy de paso en un catálogo de la historia, sino que se presenta a sí mismo como un hombre anónimo en su tiempo. No obstante llegó a tener una relativa fama popular, tanto que a su regreso del viaje en la isla Cubagua, el poeta Juan de Castellanos “que tal vez ni siquiera supo mi nombre” (Ospina, 277), lo llamó “el contador de historias”.

Conocido la trayectoria del personaje-narrador a través de su autobiografía, se concluye que su formación es la de “un español de bien” y como tal ha heredado los proyectos de conquista de la España en ese momento histórico. Esa posición de sangre la llevó hasta sus últimas consecuencias. Pero para los intereses formales de la novela, heredó de la cultura oral de su raza india la costumbre arraigada de su madre de contar historias. Si bien está aceptada su condición de mestizo de raza en las encrucijadas de esos momentos históricos, ideológicamente su formación es de la raigambre española del Conquistador al servicio de la Corona, por eso cuando “ve el mundo” desde el saqueo y el exterminio, justifica o acepta la conquista del español, pero desde otra mirada tiende a separar más que a unir y se compadece del indio en una revisión crítica de los actos sangrientos del conquistador:

Ahora tenía una evidencia más cercana de la ferocidad de esta conquista, y si me perdonas que use palabras que no ha dicho siquiera el adversario de mi maestro Oviedo, fray Bartolomé demlas Casas, de la ferocidad de la España imperial. También de mí se esperaba que me mostrara capaz de matar a muchos y de reír en medio de la masacre, pero ni entonces ni ahora quería yo participar de esa ordalía (142).

Hay momentos en que Cristóbal de Aguilar parece revelársenos como un conspirador rebelde frente a Pizarro, la Corona y los valores religiosos en este furibundo ataque:

Dirás que soy ingrato con Pizarro, el jefe militar de mi padre, pero yo sé lo que te digo: los hombres valientes son demasiado confiados y los traidores son demasiado engañosos; el rey y el papa están muy lejos, y dedicados a sus propias rapiñas, para imponer aquí de verdad la ley de Dios o de la Corona; esta conquista sólo se abre paso con crímenes y muy tardíamente intenta redimirse con leyes y procesiones. Aquí sólo triunfan los peores. La Corona acepta que avancen con saqueos y masacres, y después llega a ocupar al conquistado y tratar de castigar a los criminales que lo hicieron posible (…) Somos apenas instru-mentos de los poderosos (56).

En muchos pasajes de la novela la ira y el ataque contra Pizarro se hace evidente: “Gonzalo Pizarro era el tercero de una familia de grandes ambiciosos. Buitres y halcones a la vez…” (89). Sin embargo, este punto de vista o focalización que asume el narrador en una postura crítica frente a la leyenda negra de la Conquista, es la misma que en un momento llega a asumir Fernández de Oviedo, quien en su crónica delata a Gonzalo tratándolo de traidor y tirano:

Pero el fin con que hablo en esto, no es sino para decir que así como los susodichos merescieron por sus propias excelen-cias e fechos notables ser perfectamente estimados e alabados presciarse de ellos España, así estos Pizarros que aquél su padre engendró, nascieron para que en cuanto al mundo fuere, se ha-ble en sus maldades, y en especial en el Gonzalo, tirano, que al presente contra su Rey e contra su nasción tan perseverante e desleal e cruel se ha mostrado, tanto que al presente es sin com-paración su maldad (Fernández de Oviedo, 243).

También aparece en medio de la selva la autoridad del es-pañol convertido en propietario del repertorio simbólico de los nativos, con el que han representado su propio mundo, manipulando la visión del otro a través de símbolos religiosos ajenos, presentándose una clara relegación de las creencias del indio y sus rituales. Es por esto que desde la óptica del español el indio es un idólatra, siendo esa una de las acusaciones históricas de los Conquistadores a nuestros pueblos. La idolatría y el desprecio hacia el indio es evidente en este pasaje:

Orellana lo recibió [a Apaira] con ceremoniosa cortesía, y le ofreció como presentes trajes de los nuestros, que aquel señor apreció mucho, y un rosario de cuentas de cristal, la rosa hecha de rosas, de dos que llevaba, con la esperanza de que esa cadena mística atrajera al jefe a la religión de Cristo. Pero el gran jefe se lo enrolló enseguida en la muñeca, donde tenía otros brazaletes, y nadie tuvo la oportunidad ni el tiempo de enseñarle a repetir cien veces el saludo del ángel a la joven inmaculada. Más tarde fray Gaspar deploraría haber abandonado ese rosario en mano de un idólatra, porque tuvo que improvisar uno con semillas rojas de la selva y le dolía rezar con un instrumento que se parecía más a un collar de indios que la reliquia celeste que Domingo el santo recibió de manos de la Virgen para luchar a rezos contra los albigenses (176-177).

No obstante, lo que no justifica las reiteradas críticas de Cristóbal de Aguilar al poder de los conquistadores es su cinismo o su ideología solapada. Si nos atenemos a pensar que de acuerdo a la construcción del personaje, la visión de mun-do del autor se filtra a través de Cristóbal de Aguilar, entonces en este punto la posición intelectual de William Ospina frente a la Historia y los proyectos latinoamericanos no se compromete por lo menos en ficción, pues la novela histórica como “artefacto literario” debe también brindar la posibilidad a una comunidad de lectores de ver asumida por parte de su autor una respuesta distinta a los problemas históricos aún no superados en el presente, como lo plantean algunos estudiosos de la novela histórica contemporánea. Quiere decir esto que la posición ideológica autorial filtrada a través del sistema de representaciones del personaje de la novela, no es reivindicatoria de lo marginal y, por el contrario, pone por arriba la posición política e intelectual del conquistador que se mira a través y por encima del otro; por otra parte, esa historia contada desde arriba recalca los sueños del personaje en sus ambiciones materiales personales, que no a una aspiración colectiva; además, queda claro que la postura rebelde y cuestionadora que le vimos asu-mir a Cristóbal de Aguilar frente a la conquista y la tiranía de Pizarro, cede a sus deseos personales de aventura de riquezas, no representando los intereses de una historia vista desde las márgenes. Esto si tenemos en cuenta que el cinismo de Cristóbal de Aguilar no renuncia a continuar con la conquista y la novela se cierra preciso al momento que emprende otra aventura, la del país del Hombre Dorado, cuando en las costas de Panamá le ha concluido su relato a Pedro de Ursúa, a quien quiso persuadirlo de no emprender el viaje, justo porque no quiere ver matar indios; así es como los proyectos de cambio a través del mundo de representaciones del personaje-narrador, sucumben y su relato queda convertido en retórica. Otra cosa es que Cristóbal de Aguilar, fiel a su posición crítica frente a las crueldades de la Conquista a través de su discurso rebelde, se hubiera mantenido en la posición de no emprender otro viaje de Conquista, pero sucumbe ante la ambición de poder y de riquezas, abandonando las márgenes de su otra condición de indígena que, dicho sea de paso, aparece poco explorada en el libro. El mestizo aquí no se encuentra comprometido con los de abajo como hijo de una india de La Española que, asumiendo otro punto de vista, pudiera haber acercado la novela a una revisión o crítica más contundente a los proyectos latinoamericanos de hoy.

Sin embargo, la anterior posición ideológica del narrador un tanto ambigua y contradictoria, puede en otro momento de la interpretación resultar equilibrada. Tal vez se trate aquí de otra visión de mundo un tanto oculta, en la que se quiera decirnos que nuestros proyectos históricos no han sido claros, que los discursos políticos van por un lado y los intereses perso-nales por otro; que la ambición de pocos ha triunfado sobre los sueños y las aspiraciones de cambio de muchos por vivir en un mundo mejor, ya sea al momento de entregar con facilidad o engaño al otro lo nuestro o de permitir que el otro siga soñando o apoderándose de nuestras riquezas, entonces en este punto la historia quizá no ha cambiado, lo que resulta siendo de todos modos una actitud pesimista de vernos a nosotros mismos.

 

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