Animales

Fotografía de Pedro Londoño.
Fotografía de Pedro Londoño.

 I

La primera vez que Gloria aceptó vivir con un perro, fue por solicitud de su sicóloga. Uno de sus hijos había comenzado a hacer cosas fuera de lo común para llamar la atención; pedía afecto destrozando el mundo. “Un perro”, le dijo. Mordelo falleció de viejo y, con los años, Gloria pasó de amar los animales a defenderlos tenazmente. Su casa se volvió el hogar de paso de cientos de perros y gatos de la calle, de pájaros y fauna silvestre lastimada, consultorio veterinario aficionado y hasta psicológico para humanos. Su rutina empezaba temprano. Tomaba los collares de los cinco perros que tenía a su cuidado los que por feos, lisiados o  gruñones no habían logrado encontrar un hogar, guardaba en su chaqueta un puñado de pequeñas bolsas para recoger el excremento y salía con la manada como tirada por un trineo: esquivando carros para llegar a los senderos verdes que circundaban su casa. Al regresar, les servía agua fresca, y despachaba, con una coreografía tallada por años, el desayuno del único hijo que aún vivía con ella. Luego, lavaba su cuerpo de sesenta años y recordaba los dos novios que había tenido después de dejar a su esposo. Se vestía y comprobaba como se le iban los hilos de la ropa con el tiempo. El resto del día estaba sola, con ella misma y sus perros, a espera de una consulta que le hiciera aplazar las horas.

II

Gustavo llegó a Manzanares desde el Magdalena Medio. Con pocas cosas y mal encarado. Era flaco y curtido por el sol; especialmente en el pecho y los brazos. No estaba viejo, pero la vida le había cobrado más años de los que tenía. Durante meses estuvo aislado de todos los vecinos. Cruzaba pocas palabras cuando compraba al menudeo los aguardientes que se tomaba después de llegar del trabajo. Era parco y tosco. De pocos amigos. Se rumoraba que era cotero en una plaza de mercado de la ciudad y, también, que huyó del campo porque debía algo. Las peleas con los vecinos fueron sucediendo exponencialmente: por el volumen de la música, por la manera como miraba las niñas del barrio, por el consumo de drogas y las peleas con prostitutas dentro y fuera de su casa, por las cuentas que no pagaba en la tienda, por acusaciones de robo y, por el maltrato desmedido que le daba a Genaro, un perro criollo, pequeño, flaco, de mal pelo, que vivía con él. Nadie lograba comprender cómo ese frágil animal sobrevivía a sus abusos, ni la razón por la que Gustavo lo tenía a su lado.

III

Ese día yo venía en el carro con Jorge, mi primo. Doblamos la esquina sobre la calle Cuatro y en cuestión de segundos derrapamos varios metros. Los neumáticos dejaron líneas rojas, torcidas, sobre el pavimento.

—¿!Qué pasó!?

—!PISAMOS A GENARO!

—!¿A quién?!

—!Al perro del vecino!

—!¿Matamos a una persona?!

—!Que no, al perro!

—¿Al perro? !AL PERRO! !Mi dios es muy grande!

Fue la última vez que monté en carro.

Recuerdo el olor a metal mojado que se esparció por toda la calle, mi hijo forcejeando con el dueño, los vecinos en las ventanas y, todo ese pelo sobre el pavimento; como si la calle estuviera pariendo un animal.

—¿Qué se siente matar?

—Fue un accidente.

—Ese muerto es suyo.

—Ese muerto es mío, Gustavo.

Siempre he vivido en este barrio. Los primeros animalitos que rescaté fueron recogidos en esta zona. Llegué a tener doce perros recuperándose simultáneamente. Uno a uno los desparasité, los vacuné, les desmanché los dientes, les dí un trato digno; por eso es que la muerte de Genaro me duele tanto; hice hasta lo imposible por quitárselo a Gustavo para que no lo maltratara, para que no lo dejara aguantar hambre y frío en el balcón o le pegara patadas después de llegar del trabajo al encontrar la casa llena de orina y mierda. ¿Qué podía hacer ese pobre animal, reventarse? Hay gente que tiene animales para descargar sus propias frustraciones; yo esas cosas no las soporto.

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